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Después del work in progress que pudimos ver el pasado abril coincidiendo con la presentación del libro, llega a la cartelera del Teatro del Arte «El Troquel».

Ignacio Pajón Leyra, profesor de filosofía y dramaturgo, reflexiona sobre la verdad y el simulacro a través de una historia en la que se cruzan falsificadores, actrices y escritores en busca de una autenticidad siempre inalcanzable.

Surca Teatro es un proyecto que nace del impulso de la actriz Olga Goded para afrontar dramaturgias contemporáneas; la compañía comienza su andadura con este montaje dirigido por Eva Egido Leiva, actriz, pedagoga y co-directora de Acciones Imaginarias, que nos plantea un juego con los límites de la representación y la meta-teatralidad.

La propia Olga Goded, Paco Mariezcurrena y Daniel Monreal completan el reparto. El vestuario está a cargo de la diseñadora malagueña Jéssica Romo, CEO de la marca Almaravi. La escenografía, diseñada y producida por Cartonage, destaca por estar confeccionada toda en cartón reciclable.

El espectáculo podrá verse los domingos del 12 de octubre al 2 de noviembre a las 17:30 hs. en el Teatro del Arte

Reservas: 917 022 607
http://www.teatrodelarte.org

http://www.surcateatro.com/newsletters/2014/01/

Ficha técnica y artística

Texto
Ignacio Pajón Leyra
Dirección
Eva Egido Leiva
Interpretación
Olga Goded, Paco Mariezcurrena y Daniel Monreal
Iluminación
Rubén Vejabalbán
Escenografía
Cartonage
Vestuario
ALMARAVI by Jéssica Romo
Utilería
Blanca Paloma
Producción ejecutiva
Olga Goded y Marta Casanova
Diseño gráfico
ZIWA por Carlos Torres
Diseño dossier
Isaac Juncos Cianca
Comunicación
crea-comm.net
Producción
Surca Teatro
info@surcateatro.com
Distribución
Paco Mariezcurrena y Distribuciones del Off
distribucionesdeloff@gmail.com
AGRADECIMIENTOS
Juan Lorente de Nó, Juan Carlos Rubio, Mónica García Bellvert, Mónica Bernuy, Almudena Díez Sobrino y Andrea Díaz Reboredo

Leonardo
Mira, las monedas son como las personas. Cada una ha tenido una vida distinta, y esa vida la ha marcado y la ha hecho como es. Es como las cicatrices. No hay dos personas que tengan las mismas. Pues las monedas igual.
Sofía
¿Por qué piensas que nosotros somos los auténticos y los demás las copias? Yo no me siento auténtica. No me siento original. Me siento copia. Mala copia. Copia de un estereotipo. Y copia repetida mil veces a la semana, como pasada por un molde, o por ese troquel que tú no utilizas para no perder tu singularidad, o por lo que quiera que sea. Y no voy a dejar de ser copia barata haciendo lo mismo otra vez.

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Ausencias*

Publicado: mayo 20, 2011 en Entretenimiento, Libros

Johannes había tenido una vida en cierto momento. Una vida corta, es indudable, pero una vida suya, y porque era suya guardaba con recelo sus recuerdos. Los años de esa vida, con todo, no son el tema de nuestra historia. Bástenos saber que había vivido un tiempo, allá en el siglo XIX, y como en todo relato de una vida, Johannes había acabado… muriendo.

Su muerte fue una muerte joven, apenas veinte años, pero en aquel entonces se moría más deprisa. Murió de un mal desconocido que le aquejó durante pocos meses hasta que le acabó venciendo. Sin embargo no murió en la cama, al contrario, a Johannes la muerte lo encontró aprendiendo. Estudiaba entonces en la Universidad de Viena, y fue en la biblioteca de aquel centro, en la gran sala de la ‘Hauptbibliothek’, donde acabó sus días dejando a medias una traducción del ‘Fedro’.

Tal vez porque nunca le inquietó la muerte, el cambio no le pareció tan grande. Otro tono en la luz, otro eco, otra forma de resonancia en las voces y otro sentido del tiempo. Por lo demás el mundo permaneció igual para su alma. Su existencia tampoco varió demasiado, porque Johannes amaba aprender, y no quiso hacer otra cosa. Vagaba por las aulas y pasillos de la Universidad escuchando las conversaciones de los estudiantes para saber de antemano qué clases le resultarían de mayor interés. Seguía pasando gran parte de cada jornada en la biblioteca, leyendo por encima del hombro de los investigadores, y durante generaciones enteras de catedráticos, allá donde una silla quedaba vacía en una clase, o allá donde un libro permanecía abierto unos minutos mientras su lector bajaba a tomar algo en la ‘Mensa’, allá estaba Johannes.

Al universitario errante le tocó ver tiempos tranquilos y otros lamentables. Vio las discusiones apagarse, las clases poco a poco enmohecerse, y llegó a ver incluso las escalinatas de mármol teñirse de sangre. La Universidad envejeció con él dentro, y acabó por sentirse tan muerto como ella.

Johannes no era el único que penaba en las viejas salas. Por las noches los encontraba a menudo, a aquellos condenados que jamás lograron terminar su curso, a los profesores que enseñaron lo que no creían, a los que no sabiendo se atrevieron a llamarse sabios. En casi cada cuadro unos ojos blanquecinos miraban con avidez a los nuevos estudiantes planeando en qué podrían servirse de ellos. Detrás de las ventanas o junto a las pizarras, las almas de los maestros vigilaban a sus discípulos, ya viejos, para que no se salieran en nada de sus doctrinas. Estudiantes mezquinos muertos hace decenios hacían desaparecer apuntes y cambiaban las horas de los exámenes para que el resto suspendieran.

Pero las almas que a Johannes más le llenaban de terror estaban en el Patio Porticado, el ‘Arkadenhof’, donde las estatuas de muchos catedráticos ilustres se miraban entre ellas en silencio, sin intercambiar palabras, con desconfianza, sabedor cada uno de ellos de que sólo sus propias teorías tenían validez. Por ese patio, si podía evitarlo, Johannes jamás cruzaba.

Hasta entonces de ningún modo se habría considerado semejante a aquellas almas en pena. Él se sentía diferente. Su existencia no era un castigo ni un tormento. Él había sido premiado tras su muerte. Ahora podía leer por toda la eternidad, cursar todas las carreras sin temor al reloj de la vida. Podía permanecer estudiando cuanto desease. Las limitaciones impuestas al conocimiento humano él las podía olvidar. Se sabía en el cielo hasta que entró en aquella clase. No fue por el contenido que le dio aquel profesor ya anciano. Había visto a muchos otros dar lecciones a los asistentes sobre temas que les superaban, y sabía que a los que hacían tal cosa los vería pronto encadenados al salón de actos. La culpa de su desencanto la tuvo una alumna, que sin saberlo se sentó a su lado.

Johannes fue incapaz de atender en la hora y media que duró la clase, y el resto del día lo dedicó a observarla. Se sentía extraño, fuera de lugar, y cuando ella se marchó, comprendió al fin qué le ocurría: habría deseado estar vivo.

La muerte, esa misma muerte que hasta entonces él pensaba que le había liberado de sus límites, por motivo tan sencillo como ese se le revelaba ahora como una nueva limitación. Él no era más que lo que ya no era, y todo cuanto ahora podía llegar a ser no era nada.

Volvió a verla muchas veces, en las clases, en los pasillos, en los jardines, y cada vez sentía con más fuerza su propia ausencia.

No habría sabido decir qué le atrajo de ella. Tal vez fueran sus ojos, intensos ojos azules, almendrados. Aquellos ojos tenían algo, un color profundo, o una mirada, algo que atrapaba en ellos. Johannes se pasaba horas, en las noches vacías de la Universidad, pensando en sus ojos. Cada vez que podía, cuando ella pasaba ante un espejo, se introducía en el reflejo para sentir, sólo por un instante, aquella mirada fija sobre sí. Su forma de mirar lo sobrecogía. Al entrar en la biblioteca o al cruzar un pasillo miraba las cosas que tenía ante sí como si no estuvieran, y lo que faltaba como si lo tuviera al alcance de la vista.

Solía sentarse siempre en el mismo sitio de la biblioteca, en el primer asiento de la tercera mesa del fondo. Allí leía en silencio pasando despacio las hojas de sus libros, o tomaba notas en pequeños cuadernos con caligrafía rápida mientras Johannes la observaba desde la altura del corredor metálico que rodeaba la sala, preguntándose en todo momento qué pensamiento ocuparía su mente.

Pero una de esas veces Johannes se dio cuenta de que no era un cuaderno ni un libro lo que ella tenía ante sí. Era una hoja en blanco, y su mirada se abismaba en el papel vacío como si fuera lo único a su alrededor. No levantó la cabeza ni brindó a su entorno un solo vistazo que Johannes pudiera recoger. Parecía estar leyendo las letras que faltaban en la hoja, hasta que, de improviso, comenzó a escribir, sin duda, una carta.

Él pensaba que incluso ante los muertos el correo ha de ser privado, así que su primer impulso fue el de apartarse. Si se acercó a ella fue sólo, en principio, para enfocarle mejor la luz de la lámpara, pero no pudo resistirse a pasar la vista sobre la primera línea de su carta, y en cuanto la leyó quedó prendido de ella, como de su mirada. Era una carta, sí, pero no una carta al uso. Una carta llena de sentido y de sentimiento, pero también de tristeza y de pena. Era una carta sin nombre propio. Una carta con clara ausencia de nombre propio.

Al terminar de escribirla, sin haberla firmado, ella la metió en un sobre blanco. Johannes se había sentado enfrente en la misma mesa y recibió sobre sí la mirada intensa de aquellos ojos que parecían verle.

La joven se levantó y salió al pasillo con la carta en la mano. Abrió una ventana y dejó el sobre en el exterior, prendido entre los dos grandes bloques de piedra que formaban la repisa, y después de hacerlo, se marchó. Él trató de seguir sus pasos por los corredores de mármol de la Universidad, pero al entrar en el ‘Arkadenhof’ no fue capaz de seguirla por más tiempo, su miedo le venció, se quedó parado en el suelo sin atreverse a avanzar, temiendo las miradas de los Grandes Doctores. Allí la vio por última vez, caminando con pasos decididos entre los bustos de catedráticos difuntos. Allí la escuchó alejarse. Allí desapareció para él. Y la carta quedó detrás de la ventana, suspendida en equilibrio inestable, batida por el viento, arrugándose con el tiempo y con la lluvia hasta que por fin se deshizo… y nadie fue a recogerla.

[*Publicado en Tempus fugit, Ed. Antígona, Madrid, 2008]

Hace poco me hicieron una entrevista con motivo del día del libro en el programa de radio Mundo Talikitú. Durante la entrevista me propusieron un reto: escribir un relato en el tiempo que duraba una canción (tres minutos y pico) y luego leerlo en directo. Pero eso no era bastante: el relato tenía que incluír algunas palabras escogidas al azar por el equipo del programa. En concreto:

cráter

farola

gelatinoso

inmigrantes

papagayos

encender

Todo un reto. A continuación cuelgo el resultado. (No me dio tiempo a ponerle título, pero se aceptan sugerencias).

Hace mucho tiempo, mientras caminaba por el campo, vi caer una estrella del cielo y golpear la tierra formando un gran cráter humeante. En el fondo del cráter, una nave verde con aspecto de farola y cubierta de un líquido gelatinoso se abrió por la mitad, y de ella surgieron catorce marcianitos verdes, que me rodearon. Como es lógico, me asusté. Pensé que eran invasores del espacio, la primera avanzada de un ejército hostil dispuesto a conquistar la Tierra. Pero ellos mismos me tranquilizaron, y me contaron que no eran invasores, sino inmigrantes. Su planeta de origen agonizaba. No le faltaba el aire, ni el agua, ni el calor. Pero se había quedado sin libros. De toda su vasta tradición literaria, sólo conservaban una novela: las aventuras de un joven marcianito mago, en seis volúmenes.

Y todas las bibliotecas del planeta tenían sólo ejemplares de esa novela, que todos leían una y otra vez, y se aprendían como papagayos. Los catorce marcianitos emigraron de su mundo en busca de una tierra en la que pudieran leer, para poder inspirarse en nuevas lecturas y así volver a su mundo de origen y allí escribir, y encender la creatividad y la imaginación de sus semejantes, y que su mundo volviese a vibrar con la ilusión de la escritura.

Nantes 1440

Amplia sala interior de las dependencias de alguna catedral, palacio o edificio similar. Techos altos y grandes arcadas. En el centro de la escena un estrado de madera con sillería a uno y otro lado. En los bancos de la izquierda, el alto clero local está representado casi en pleno. Sacerdotes, abades, teólogos, frailes, diáconos, obispos y cardenales entremezclados siguiendo algún desconocido orden protocolario se distribuyen por todos los asientos. En el lado opuesto, y de manera similar, están sentados los más destacados integrantes de la nobleza del lugar. Desde el fondo, dos alabarderos traen a un prisionero hasta el estrado. A pesar de las cadenas y grilletes, el reo muestra un porte militar y orgulloso poco habitual en quienes comparecen ante semejantes tribunales. Su cabello rojizo adquiere inquietantes tonos azulados en la barba, quizá a causa de un reflejo. Pero aún destaca más la mirada intensa con la que escruta a cuantos van a juzgarle. De entre los sitios de la izquierda, un prelado se levanta, pergamino en mano, y con gesto rutinario se dispone a leer. El prisionero se adelanta.

 

 

GILLES DE RAIS (interrumpiendo al prelado antes de que empiece).- Alto. Esperad, eminencia. No formuléis siquiera la pregunta. De sobra la conozco. Más de una vez he asistido a procesos como éste, y no me es desconocido el motivo por el cual he sido conducido a vuestra presencia. Queréis que confiese los crímenes de los que se me acusa, y voy a hacerlo. Aunque no termino de entender el valor que dais a la confesión de un hombre que sabe que si no confiesa le espera la tortura. Diré cuanto queráis que diga, y diré más. El crédito que concedáis a mis palabras… es cosa vuestra. Pero antes tendréis que escuchar otras cosas que tengo que decir y que han de ser escuchadas. (Pausa.) Mi nombre es Gilles de Rais, Mariscal de las tropas del Rey de Francia. Estuve en el sitio de Orleans, en Patay, en la conquista de Reims. Estuve presente incluso en la coronación de vuestro soberano Carlos[1], hace ya once años, al lado de mi amiga Juana de Arco, a la que vosotros o algunos como vosotros hicieron pasar por este mismo trance poco después. He sido honrado y respetado por los principales de Francia durante años por mis hazañas, y por mis méritos y entrega en la batalla. Y muchos de aquellos que antes me adulaban ahora me han acusado. No diré que sea falso ni uno sólo de los cargos que se me imputan. Lo confieso, sí. Todo ello es cierto. Por abominable que sea cualquier crimen, yo lo habré cometido. Pero no os escandalicéis. No os rasguéis las vestiduras y gritéis “¡qué monstruo!”; “¡cómo ha podido nacer hombre de tal vileza!”; “¡cómo ha podido caer en tal grado de villanía un Caballero de Francia!”. No preguntéis cómo he llegado a este punto, porque puede que la respuesta ya no os satisfaga tanto como mi voluntaria confesión. ¿Aun así queréis saberlo? Pues bien, excelencias: no hay uno sólo de esos crímenes inmundos que no cometiera ya en los campos de Orleans.[2] Los mismos actos por los que ahora me despreciáis, los llevé a cabo a pleno día y a la vista de todos, y no sólo quedé impune, sino que el propio Rey me felicitó por ello. Por actos como aquellos por los que entonces me rendisteis honores, hoy me estáis juzgando. Entonces lo llamasteis valentía, arrojo, hasta heroísmo. Hoy habláis de perversidad y depravación. ¡Qué voluble es vuestro juicio! (Pausa.) ¿Qué es lo que os extraña? ¿Que le cogiera el gusto a la sangre y a la muerte? ¿Que disfrutase? ¿Que luego no pudiera volver a ser un hombre? ¿Que no fuera capaz de continuar mi vida? (Pausa.) Soy culpable. No tengáis la menor duda. Pero ya lo era hace años, cuando duques y marqueses, obispos y arzobispos inclinabais vuestras cabezas a mi paso. Y ante lo que mostrabais el mayor de vuestros respetos era ante mi culpa. Pensad ahora si soy yo el único monstruo en esta sala. No me ahorraré un solo calificativo para mí. Criminal, sanguinario, violador, bárbaro, infame, asesino. Sí, lo soy. Pero tendré que compartir esos epítetos con todos los que me aplaudieron por serlo. Os invito a todos a que me acompañéis a la pira, si os place. Venid conmigo al fuego purificador. A todos nos vendrá bien purificarnos. (Pausa.) Bien sé que sois vosotros los que vais a redactar la confesión en la que estamparé mi firma, y que la escribiréis a vuestro antojo. No se me oculta que cuanto he dicho son palabras para el olvido; que trataréis de apartarlas de vuestra mente en cuanto salgáis por esa puerta. Pero confío en que en el fondo de vuestras almas os quede clavada la espina de saber que vuestra adulación y vuestro aplauso os hacen cómplices de mi iniquidad, y de la de todos a los que enviáis a los campos de batalla a luchar por vuestros intereses. Que la pena a la que me condenáis también os corresponde por derecho. Que tan monstruosos son vuestros actos como el más cruel y blasfemo de los que a mí se me imputan. Que vosotros también sois los criminales.

(Silencio en el tribunal. El prelado, que permanecía de pie, vuelve a sentarse enrollando de nuevo el pergamino que portaba, mientras los dos alabarderos regresan a la escena y se sitúan a ambos lados del reo sin hablar. Este les mira con gesto serio y da la vuelta dejándose llevar de nuevo hacia la entrada entre ruido de cadenas y candados.)


[1] Carlos VII, coronado en Reims el 17 de julio de 1429.

[2] Batalla de Orleans, librada en mayo de 1429.

Estreno en Chiclana

Publicado: noviembre 19, 2010 en Entretenimiento, Noticias

Esta noche a las 21:00 horas en el Teatro Moderno de Chiclana (Cádiz) se estrenan las piezas de teatro breve Defensa nacional y Un juego de niños, galardonadas con el premio Rafael Guerrero 2010.

 

 

Cualquier lugar, cualquier día ha sido seleccionado para Scena Simulacro’10 que
se celebrará en la Sala
Triángulo.  

La función tendrá lugar en
la

SALA
TRIANGULO EL MIÉRCOLES 
7 DE ABRIL A LAS 20.30h


http://www.teatrotriangulo.com/programa.htm#


http://www.atrapalo.com/entradas/cualquier-lugar-cualquier-dia_e31752/

Los tres trabajos mejor
valorados por los jurados
participarán en la gran final. El premio consiste en actuar dentro del
festival
FIB-actúa y en la temporada regular de la Sala Triángulo.

www.courteatro.blogspot.com


Entrevista a Ignacio Pajón Leyra

Publicado: octubre 4, 2009 en Entretenimiento