Ausencias*

Publicado: mayo 20, 2011 en Entretenimiento, Libros

Johannes había tenido una vida en cierto momento. Una vida corta, es indudable, pero una vida suya, y porque era suya guardaba con recelo sus recuerdos. Los años de esa vida, con todo, no son el tema de nuestra historia. Bástenos saber que había vivido un tiempo, allá en el siglo XIX, y como en todo relato de una vida, Johannes había acabado… muriendo.

Su muerte fue una muerte joven, apenas veinte años, pero en aquel entonces se moría más deprisa. Murió de un mal desconocido que le aquejó durante pocos meses hasta que le acabó venciendo. Sin embargo no murió en la cama, al contrario, a Johannes la muerte lo encontró aprendiendo. Estudiaba entonces en la Universidad de Viena, y fue en la biblioteca de aquel centro, en la gran sala de la ‘Hauptbibliothek’, donde acabó sus días dejando a medias una traducción del ‘Fedro’.

Tal vez porque nunca le inquietó la muerte, el cambio no le pareció tan grande. Otro tono en la luz, otro eco, otra forma de resonancia en las voces y otro sentido del tiempo. Por lo demás el mundo permaneció igual para su alma. Su existencia tampoco varió demasiado, porque Johannes amaba aprender, y no quiso hacer otra cosa. Vagaba por las aulas y pasillos de la Universidad escuchando las conversaciones de los estudiantes para saber de antemano qué clases le resultarían de mayor interés. Seguía pasando gran parte de cada jornada en la biblioteca, leyendo por encima del hombro de los investigadores, y durante generaciones enteras de catedráticos, allá donde una silla quedaba vacía en una clase, o allá donde un libro permanecía abierto unos minutos mientras su lector bajaba a tomar algo en la ‘Mensa’, allá estaba Johannes.

Al universitario errante le tocó ver tiempos tranquilos y otros lamentables. Vio las discusiones apagarse, las clases poco a poco enmohecerse, y llegó a ver incluso las escalinatas de mármol teñirse de sangre. La Universidad envejeció con él dentro, y acabó por sentirse tan muerto como ella.

Johannes no era el único que penaba en las viejas salas. Por las noches los encontraba a menudo, a aquellos condenados que jamás lograron terminar su curso, a los profesores que enseñaron lo que no creían, a los que no sabiendo se atrevieron a llamarse sabios. En casi cada cuadro unos ojos blanquecinos miraban con avidez a los nuevos estudiantes planeando en qué podrían servirse de ellos. Detrás de las ventanas o junto a las pizarras, las almas de los maestros vigilaban a sus discípulos, ya viejos, para que no se salieran en nada de sus doctrinas. Estudiantes mezquinos muertos hace decenios hacían desaparecer apuntes y cambiaban las horas de los exámenes para que el resto suspendieran.

Pero las almas que a Johannes más le llenaban de terror estaban en el Patio Porticado, el ‘Arkadenhof’, donde las estatuas de muchos catedráticos ilustres se miraban entre ellas en silencio, sin intercambiar palabras, con desconfianza, sabedor cada uno de ellos de que sólo sus propias teorías tenían validez. Por ese patio, si podía evitarlo, Johannes jamás cruzaba.

Hasta entonces de ningún modo se habría considerado semejante a aquellas almas en pena. Él se sentía diferente. Su existencia no era un castigo ni un tormento. Él había sido premiado tras su muerte. Ahora podía leer por toda la eternidad, cursar todas las carreras sin temor al reloj de la vida. Podía permanecer estudiando cuanto desease. Las limitaciones impuestas al conocimiento humano él las podía olvidar. Se sabía en el cielo hasta que entró en aquella clase. No fue por el contenido que le dio aquel profesor ya anciano. Había visto a muchos otros dar lecciones a los asistentes sobre temas que les superaban, y sabía que a los que hacían tal cosa los vería pronto encadenados al salón de actos. La culpa de su desencanto la tuvo una alumna, que sin saberlo se sentó a su lado.

Johannes fue incapaz de atender en la hora y media que duró la clase, y el resto del día lo dedicó a observarla. Se sentía extraño, fuera de lugar, y cuando ella se marchó, comprendió al fin qué le ocurría: habría deseado estar vivo.

La muerte, esa misma muerte que hasta entonces él pensaba que le había liberado de sus límites, por motivo tan sencillo como ese se le revelaba ahora como una nueva limitación. Él no era más que lo que ya no era, y todo cuanto ahora podía llegar a ser no era nada.

Volvió a verla muchas veces, en las clases, en los pasillos, en los jardines, y cada vez sentía con más fuerza su propia ausencia.

No habría sabido decir qué le atrajo de ella. Tal vez fueran sus ojos, intensos ojos azules, almendrados. Aquellos ojos tenían algo, un color profundo, o una mirada, algo que atrapaba en ellos. Johannes se pasaba horas, en las noches vacías de la Universidad, pensando en sus ojos. Cada vez que podía, cuando ella pasaba ante un espejo, se introducía en el reflejo para sentir, sólo por un instante, aquella mirada fija sobre sí. Su forma de mirar lo sobrecogía. Al entrar en la biblioteca o al cruzar un pasillo miraba las cosas que tenía ante sí como si no estuvieran, y lo que faltaba como si lo tuviera al alcance de la vista.

Solía sentarse siempre en el mismo sitio de la biblioteca, en el primer asiento de la tercera mesa del fondo. Allí leía en silencio pasando despacio las hojas de sus libros, o tomaba notas en pequeños cuadernos con caligrafía rápida mientras Johannes la observaba desde la altura del corredor metálico que rodeaba la sala, preguntándose en todo momento qué pensamiento ocuparía su mente.

Pero una de esas veces Johannes se dio cuenta de que no era un cuaderno ni un libro lo que ella tenía ante sí. Era una hoja en blanco, y su mirada se abismaba en el papel vacío como si fuera lo único a su alrededor. No levantó la cabeza ni brindó a su entorno un solo vistazo que Johannes pudiera recoger. Parecía estar leyendo las letras que faltaban en la hoja, hasta que, de improviso, comenzó a escribir, sin duda, una carta.

Él pensaba que incluso ante los muertos el correo ha de ser privado, así que su primer impulso fue el de apartarse. Si se acercó a ella fue sólo, en principio, para enfocarle mejor la luz de la lámpara, pero no pudo resistirse a pasar la vista sobre la primera línea de su carta, y en cuanto la leyó quedó prendido de ella, como de su mirada. Era una carta, sí, pero no una carta al uso. Una carta llena de sentido y de sentimiento, pero también de tristeza y de pena. Era una carta sin nombre propio. Una carta con clara ausencia de nombre propio.

Al terminar de escribirla, sin haberla firmado, ella la metió en un sobre blanco. Johannes se había sentado enfrente en la misma mesa y recibió sobre sí la mirada intensa de aquellos ojos que parecían verle.

La joven se levantó y salió al pasillo con la carta en la mano. Abrió una ventana y dejó el sobre en el exterior, prendido entre los dos grandes bloques de piedra que formaban la repisa, y después de hacerlo, se marchó. Él trató de seguir sus pasos por los corredores de mármol de la Universidad, pero al entrar en el ‘Arkadenhof’ no fue capaz de seguirla por más tiempo, su miedo le venció, se quedó parado en el suelo sin atreverse a avanzar, temiendo las miradas de los Grandes Doctores. Allí la vio por última vez, caminando con pasos decididos entre los bustos de catedráticos difuntos. Allí la escuchó alejarse. Allí desapareció para él. Y la carta quedó detrás de la ventana, suspendida en equilibrio inestable, batida por el viento, arrugándose con el tiempo y con la lluvia hasta que por fin se deshizo… y nadie fue a recogerla.

[*Publicado en Tempus fugit, Ed. Antígona, Madrid, 2008]

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