Texto de “Nantes 1440” (de la obra “Cualquier lugar, cualquier día”)

Publicado: febrero 4, 2011 en Entretenimiento, Libros, Uncategorized

Nantes 1440

Amplia sala interior de las dependencias de alguna catedral, palacio o edificio similar. Techos altos y grandes arcadas. En el centro de la escena un estrado de madera con sillería a uno y otro lado. En los bancos de la izquierda, el alto clero local está representado casi en pleno. Sacerdotes, abades, teólogos, frailes, diáconos, obispos y cardenales entremezclados siguiendo algún desconocido orden protocolario se distribuyen por todos los asientos. En el lado opuesto, y de manera similar, están sentados los más destacados integrantes de la nobleza del lugar. Desde el fondo, dos alabarderos traen a un prisionero hasta el estrado. A pesar de las cadenas y grilletes, el reo muestra un porte militar y orgulloso poco habitual en quienes comparecen ante semejantes tribunales. Su cabello rojizo adquiere inquietantes tonos azulados en la barba, quizá a causa de un reflejo. Pero aún destaca más la mirada intensa con la que escruta a cuantos van a juzgarle. De entre los sitios de la izquierda, un prelado se levanta, pergamino en mano, y con gesto rutinario se dispone a leer. El prisionero se adelanta.

 

 

GILLES DE RAIS (interrumpiendo al prelado antes de que empiece).- Alto. Esperad, eminencia. No formuléis siquiera la pregunta. De sobra la conozco. Más de una vez he asistido a procesos como éste, y no me es desconocido el motivo por el cual he sido conducido a vuestra presencia. Queréis que confiese los crímenes de los que se me acusa, y voy a hacerlo. Aunque no termino de entender el valor que dais a la confesión de un hombre que sabe que si no confiesa le espera la tortura. Diré cuanto queráis que diga, y diré más. El crédito que concedáis a mis palabras… es cosa vuestra. Pero antes tendréis que escuchar otras cosas que tengo que decir y que han de ser escuchadas. (Pausa.) Mi nombre es Gilles de Rais, Mariscal de las tropas del Rey de Francia. Estuve en el sitio de Orleans, en Patay, en la conquista de Reims. Estuve presente incluso en la coronación de vuestro soberano Carlos[1], hace ya once años, al lado de mi amiga Juana de Arco, a la que vosotros o algunos como vosotros hicieron pasar por este mismo trance poco después. He sido honrado y respetado por los principales de Francia durante años por mis hazañas, y por mis méritos y entrega en la batalla. Y muchos de aquellos que antes me adulaban ahora me han acusado. No diré que sea falso ni uno sólo de los cargos que se me imputan. Lo confieso, sí. Todo ello es cierto. Por abominable que sea cualquier crimen, yo lo habré cometido. Pero no os escandalicéis. No os rasguéis las vestiduras y gritéis “¡qué monstruo!”; “¡cómo ha podido nacer hombre de tal vileza!”; “¡cómo ha podido caer en tal grado de villanía un Caballero de Francia!”. No preguntéis cómo he llegado a este punto, porque puede que la respuesta ya no os satisfaga tanto como mi voluntaria confesión. ¿Aun así queréis saberlo? Pues bien, excelencias: no hay uno sólo de esos crímenes inmundos que no cometiera ya en los campos de Orleans.[2] Los mismos actos por los que ahora me despreciáis, los llevé a cabo a pleno día y a la vista de todos, y no sólo quedé impune, sino que el propio Rey me felicitó por ello. Por actos como aquellos por los que entonces me rendisteis honores, hoy me estáis juzgando. Entonces lo llamasteis valentía, arrojo, hasta heroísmo. Hoy habláis de perversidad y depravación. ¡Qué voluble es vuestro juicio! (Pausa.) ¿Qué es lo que os extraña? ¿Que le cogiera el gusto a la sangre y a la muerte? ¿Que disfrutase? ¿Que luego no pudiera volver a ser un hombre? ¿Que no fuera capaz de continuar mi vida? (Pausa.) Soy culpable. No tengáis la menor duda. Pero ya lo era hace años, cuando duques y marqueses, obispos y arzobispos inclinabais vuestras cabezas a mi paso. Y ante lo que mostrabais el mayor de vuestros respetos era ante mi culpa. Pensad ahora si soy yo el único monstruo en esta sala. No me ahorraré un solo calificativo para mí. Criminal, sanguinario, violador, bárbaro, infame, asesino. Sí, lo soy. Pero tendré que compartir esos epítetos con todos los que me aplaudieron por serlo. Os invito a todos a que me acompañéis a la pira, si os place. Venid conmigo al fuego purificador. A todos nos vendrá bien purificarnos. (Pausa.) Bien sé que sois vosotros los que vais a redactar la confesión en la que estamparé mi firma, y que la escribiréis a vuestro antojo. No se me oculta que cuanto he dicho son palabras para el olvido; que trataréis de apartarlas de vuestra mente en cuanto salgáis por esa puerta. Pero confío en que en el fondo de vuestras almas os quede clavada la espina de saber que vuestra adulación y vuestro aplauso os hacen cómplices de mi iniquidad, y de la de todos a los que enviáis a los campos de batalla a luchar por vuestros intereses. Que la pena a la que me condenáis también os corresponde por derecho. Que tan monstruosos son vuestros actos como el más cruel y blasfemo de los que a mí se me imputan. Que vosotros también sois los criminales.

(Silencio en el tribunal. El prelado, que permanecía de pie, vuelve a sentarse enrollando de nuevo el pergamino que portaba, mientras los dos alabarderos regresan a la escena y se sitúan a ambos lados del reo sin hablar. Este les mira con gesto serio y da la vuelta dejándose llevar de nuevo hacia la entrada entre ruido de cadenas y candados.)


[1] Carlos VII, coronado en Reims el 17 de julio de 1429.

[2] Batalla de Orleans, librada en mayo de 1429.

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comentarios
  1. Lis dice:

    En primer lugar, me ha encantado el texto, simplemente increíble.
    Pero, ¿por qué precisamente un personaje tan sádico como Gilles de Rais, que llevó su amor por la sangre, la tortura y el asesinato hasta esos extremos para hacer esa declaración?

    • Gracias por el comentario, Lis.
      El texto es un monólogo que forma parte de un conjunto bastante amplio (15 piezas) que se publicó con el título “Cualquier lugar, cualquier día”. En ese conjunto hay distintos momentos de destrucción de la historia de la humanidad (destrucción de ideas, como la muerte de Arquímedes, destrucción de libros, como la quema de la biblioteca de Alejandría,…) y escribí el monólogo de Gilles de Rais como muestra de otra forma de destrucción: la destrucción interna del que destruye.
      Me alegro mucho de que te haya gustado. De todo el conjunto, es uno de mis favoritos.
      Un saludo,

    • Johnf76 dice:

      Muchos Gracias for your blog post. eggegbgeagde

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